De ruta por el Valle de las Caderechas

Sábado. Volvemos a ponernos en marcha con la intención de pasar este finde en la provincia de Burgos. Concrétamente en La Bureba. O afinando un poco más. En el Valle de las Caderechas. Llevamos las expectativas muy altas con esta salida. Igual demasiado. Nos han dicho que en época de floración es todo un espectáculo para la vista recorrer este valle. Que está plagadito de cerezos, a lo Valle del Jerte, pero en pequeñito. Aunque, también nos han dicho que aquí la floración de los cerezos ocurre mucho más tarde. Allá por mediados de abril o incluso mediados de mayo. Estamos a comienzos de marzo. Ya. Lo sé. “A dónde vais alma de cántaro?!”, estará pensando alguno.

Ya he dicho que llevábamos las expectativas muy altas. Pero…como este invierno ha decidido disfrazarse de primavera…y viendo que muchos árboles ya están con las flores asomadas, que hasta se nos han llenado las terrazas de polen, pues oye, hasta igual tenemos suerte y podemos disfrutar de los cerezos en flor en el Valle de las Caderechas.

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Y allá que nos fuimos. Con un ojo en la carretera y otro en el cielo. Toda la santa semana mirando el tiempo en el móvil. Y cada día una predicción distinta. Hoy nos dice que lluvia hasta las 13 horas. Y que luego saldrá un poco el solete. Éso, en el mio. En el de los demás los pronósticos no son tan optimistas. Por el camino vamos pasando por varios estados emocionales. Esperanza porque no llueve nada. Alegría porque vislumbramos algún rayito de sol. Angustia porque vamos derechos a los nubarrones. Alivio porque los dejamos atrás. Vuelta a la angustia porque delante tenemos una cortina de agua. Decepción porque ha empezado a llover y esto no tiene visos de que vaya a parar…

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Iglesia de los santos Emeterio y Celdonio (Rio -Quintanilla, Burgos)
Valle de las Caderechas

Atravesamos Villarcayo (deberíamos haber parado a por nuestra dosis de cafeína) para plantarnos en el Valle de las Caderechas en poco más de una hora y media. Llovizna. Tenemos apuntada una ruta de varios pueblecitos pertenecientes al valle y desde los que se pueden ver los cerezos en flor.

Nuestra primera parada va a ser en Hozabeja!!.

Google me la describe como “encajonada entre elevadas crestas calizas” al tiempo que muestra fotos de Hozabeja con sus cerezos en flor. Poco más puedo añadir. Salvo que llegamos con el coche, bajamos la única calle que creímos ver (en coche), vimos un merendero (que seguro que en primavera y verano será una delicia), dimos la vuelta. De nuevo subimos la única calle que creímos ver. Y vuelta a la carretera. Todo bajo una persistente llovizna. Ni paisanos ni cerezos en flor. Las expectativas empiezan a flojear.

Miramos en la chuleta cuál es el próximo pueblo de la ruta. Igual tenemos más suerte. Turno para Rucandio.

Sigue lloviznando. El mono de la cafeína empieza a aparecer. Antes de ponernos en marcha para recorrer el pueblo echamos un vistazo a ver si vemos alguna cafetería. O tasca. O club social. Lo que sea que tenga un café para llevarnos al estómago!. Pero por allí no hay nada. Ni nadie. Salvo unos cuantos perros que nos salen al paso.

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En la parte más alta del pueblo está la iglesia. Damos un paseito hasta ella. En la subida sí que vemos algunos árboles en flor. Probablemente manzanos. Esta también es tierra de manzanos, de  manzana reineta. De la iglesia llama la atención su espadaña, donde están situadas las campanas. Subimos hasta ellas. Desde aquí tenemos una buena vista del pueblo y de los alrededores.

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Detrás de la iglesia está una de las bodegas más tradicionales  e importantes de Rucandio. En ella se elabora un vino propio de la comarca. El Chacolí. Txakoli ha dicho?. Sí. Pero con “ch”. Debe ser una variedad rara, porque, buscado en San Google, solo encuentro la siguiente definición…

chacolí
Del vasco txakolin.
1. m. Vino ligero algo agrio que se hace en el País Vasco, en Cantabria y en Chile

De que en Burgos también  se elabore ni una palabra. Eso sí, el nuestro, el Txakoli, (sacamos pecho)  tiene tres denominaciones de origen!. Toma ya!

Pasada la primera sorpresa nos acercamos hasta la puerta de la bodega. A ver si por un casual está abierta y podemos probar este chacolí. Ya que no hemos tomado el cafecito…igualmente nos reconfortará un buen vaso de este chacolí. Pero la puerta está cerrada a cal y canto. Pues nada. Cogemos nuestros paraguas y nuestras ganas de probarlo y nos vamos para el coche. Buscando el siguiente pueblo. Y con la sospecha de que cerezos en flor, pocos o ninguno vamos a ver.

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El siguiente pueblo de la lista es Madrid de las Caderechas. En poco mas de 5 minutos nos plantamos en mitad del pueblo. La lluvia nos da una tregua. En la calle, nadie. Y seguimos sin ver ningún cerezo en flor. A pesar de que hay un pequeño mirador desde el que seguro, en primavera, tiene que ser un espectáculo la vista. Definitivamente nuestras expectativas están ya a nivel de suelo. Aquí, tampoco hay mucho que hacer. Y nuestro mono de café va en aumento.

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Tiramos hacia Herrera de Valdivieso. Ya hemos desistido de ver cerezos en flor. Aquí, lo que nos ha traido es una ruta que hay para hacer. Con una pinta estupenda. O eso parece en las fotos que he visto en Google. Que en una de ellas aparece un bosque con los árboles vestidos a ganchillo. Es la “Ruta de los duendes” y el “Bosque Encantado“. Con semejante nomenclatura…a quién no le entra la curiosidad para hacerla?.

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Aparcamos en el pueblo y enseguida vemos las indicaciones que te llevan hasta la Ruta de los Duendes. Ha dejado de llover. Y hasta parece que sale el sol. Perfecto!. Con los ánimos arriba, pese al mono del café, iniciamos la ruta.

Un paseo monte arriba no demasiado exigente. Pista ancha y bien señalizado. Hasta llegar donde nos dice que hay que tirar ladera arriba. Después de salvar un pequeño terraplen comienza la subida. Poca cosa. Además, te dan la bienvenida al comienzo de la ruta con un montón de mariquitas en los árboles. Monísimas y cuquísimas!!. Todas hechas a mano. Será solo el comienzo porque a medida que vayamos subiendo nos encontraremos con más cositas, todas ellas hechas a mano, repartidas por todo el camino.

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Había dicho que la subida era poca cosa?. Mentira!. Un horror!. Por qué puñetas no habré cogido los palos de andar del coche!. A mí se me está haciendo muy cuesta arriba!. Y los dichosos árboles con eso de ganchillo no aparecen.  A ver si nos los hemos pasado?.  Miro hacia arriba. Madre mía lo que nos queda aún!. Y ahora empieza a lloviznar. Vuelta a abrir los paraguas. Para complicar un poquito más la subida.

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Necesito parar para tomar un poco de aliento. Qué mal llevo las cuestas!. Aprovechamos que llegamos hasta un punto donde han instalado un poste con un montón de carteles con países indicando los kilómetros que hay hasta ellos para hacer un alto. Muy chulo!. Pero hace falta tener ganas para subir con todo ello hasta aquí!.

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De lo que no hay duda, es que si llegas hasta ahí, las vistas de todo el Valle de las Caderechas son im-presionantes. Yo me quedo aquí. Y cuando bajéis me recogéis. Casi, pero casi, les convenzo de darnos la vuelta. Pero ya sabéis que a veces el espíritu Oyarzabal, o Calleja, hace acto de presencia. Y es que parece que estamos tan cerca del final…que al final me convencen y continuamos subiendo.

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Y menos mal que no me hicieron caso. Allí está el famoso bosque con los árboles engalanados con sus mantas de ganchillo. Y con casitas de madera para los pájaros colgadas de sus ramas!. Todo un Bosque de Oma a la burgalesa. Si tengo hasta un banco!!.

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Sacamos unas cuantas fotos. Hasta que empieza a levantarse un viento que no sabemos de dónde ha salido. Y empezamos a ver nubarrones que amenazan lluvia. Y bajar todo aquello con lluvia y con viento no tiene mucha pinta de que vaya a ser divertido. Así que damos media vuelta y regresamos por dónde hemos subido. La bajada es más rápida. Pero más peligrosa. Alguna piedra resbala y alguna termina dando más de una vez con las posaderas en tierra. Los demás tampoco nos libramos de algún que otro resbalón. Cuando llegamos abajo, de nuevo, asoma el sol y el viento ha parado. No sé los kilómetros que nos hemos metido. Pero unos cuantos hemos hecho, seguramente menos de los que mi maltrechas piernas dirían.

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Recomendaría esta ruta?. A todo el mundo. A todo el mundo que tenga una mínima forma física (cosa de la que yo, he descubierto, carezco). Volvería a hacerla?. Ni de coña. Sólo con pensar en tener que volver a subir ya tengo agujetas.

Y tanta ruta y tanto andar nos ha dado hambre. Es ya la una del mediodía. No llueve. Ni tiene pinta de que lo vaya a hacer. Mi móvil tenía razón. Hay que buscar un lugar donde comer. Enfilamos hacia el siguiente pueblo de nuestra ruta por el Valle de las Caderechas. Quintanaopio.

Al igual que el resto de los pueblos que hemos visitado éste también está vacío. Nadie por la calle. Por suerte encontramos un centro social, cerrado, que tiene delante de la puerta una tejavana con una mesa de madera bien grande. No necesitamos nada más. Desembarcamos allí mismo. Y desplegamos todo el arsenal de comida que traemos. Nos sabe a gloria bendita. Sólo echamos en falta el cafecito. Qué se le va a hacer!.

Nos vamos hacia Aguas Cándidas. En la chuleta pone que hay varios manantiales que atraviesan el pueblo y que aportan agua al arroyo Vadillo. También casas con escudos. Hasta unas ruinas de lo que fue una gran fortaleza. A ver si tiene algún bar también…

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Entramos en Aguas Cándidas a las tres de la tarde, más o menos. Y a todos se nos va la vista hacia el único, y aparente, bar del pueblo. Y parece abierto!. Bajamos del coche y por precaución, preguntamos a unas paisanas que justo acaban de salir de él. “Igual está ya cerrado” nos dicen. “Cómo que cerrado?”. “Es que es un club social y nos vamos ya a casa a comer” nos dicen. “Pero igual está todavía fulano dentro y os puede servir algo”. Y la buena mujer se ofrece a tocar en la puerta y preguntar si aún podemos entrar. Y sí. Podemos. Varios lugareños están ya terminando su bebida. Pedimos. Yo, mi cortadito corto de café. No maja, café con leche o cortado. Que esto va por cápsulas. Pues…café con leche. El azúcar, directo desde el azucarero. Como toda la vida de dios se ha hecho. Y ahí nos sentamos, saboreando un café con leche de cápsulas que nos sabe a gloria.

Antes de dejar el pueblo damos una pequeña vuelta por él. Aguas Cándidas es algo más grande que los otros que llevamos visitados. Aunque, tal vez por la hora, y porque debían estar comiendo ya todos, tampoco vemos mucha gente por la calle. Salvo algún que otro perro. Y tal y como tenía apuntado en la chuleta, un pequeño riachuelo atraviesa el pueblo.

 

Ya sólo nos queda un último pueblo de esta ruta para visitar. Padrones de Bureba. En menos de cinco minutos nos plantamos en mitad del pueblo. Tengo en la mente una foto que he visto Padrones de Bureba. Una pequeña cascada a los pies de una iglesia. Muy bucólico!. También hay una ruta para llegar hasta llegar a la Cascada de la Huevera.

Enseguida vemos la iglesia y la cascada. La imagen no defrauda. Qué maravilla. Seguramente en verano esto tiene que ser un auténtico hervidero de gente aprovechando a darse un chapuzón. Ahora sólo se oye el ruido del agua. Y los ruedines de una maleta que se acerca por la calle. Turistas?. Paisanos de regreso al pueblo?. A saber!.

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Nosotros continuamos callejeando por el pueblo. Buscando algún cartel que nos indique cómo llegar hasta la cascada. Sé que está a las afueras del pueblo. A unos 2 km. Aseguran que es un paseo cómodo y sencillo. Veremos.

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Enseguida cogemos el camino que nos lleva hasta la cascada. Sólo hay que seguir las marcas amarillas y blancas.  Como si fuese el caminito de baldosas del Mago de Oz. Si llegas a una zona donde hay unas mesas y bancos al lado de un arroyo, vas bien. Estás en el área recreativa de Fuente Goz. Seguimos caminando. De momento es todo llano. Así da gusto hacer rutas. El bosque es una delicia.

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Por el camino atravesamos puentecitos de madera. Son para salvar los saltos de agua que hay. O que hubo. Porque en este instante no pasa ni un hilillo de agua. Seco. Empezamos a sospechar que poca cascada vamos a ver. O igual estamos equivocados.

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Por aquí debería pasar un riachuelo

Sin darnos casi cuenta (el que el terreno sea llano ayuda bastante) llegamos hasta un quejigo centenario llamado el Roble de Navaespina. Aquí el camino se bifurca. Pero no hay pérdida. Unos carteles indican muy bien qué dirección tomar para llegar a la cascada.

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Un inciso antes de continuar. Busco en San Google que es un “quejigo” (se las trae la palabreja). Y me dice que es un roble que aún no ha alcanzado su desarrollo regular!. Pero si éste tiene más de 100 años!. A qué está esperando para madurar y ser un señor roble con todas las letras!. En fín. Divagaciones a parte, continuamos nuestra ruta.

Llegamos a la última pasarela de madera. Lo que veo delante no me hace ninguna gracia. Hay que volver a transformarse en cabras para empezar a subir. Y con cuidado de no dar un traspiés. O de resbalarse. Tras unos minutos de subida, volvemos a descender. Y allí está la cascada!. O lo que tendría que ser la cascada. Seca como una mojama!. Ni tan siquiera un charquito hay!. La miramos como las vacas al tren.

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Cascada de la Huevera

Regresamos. Dejo que sean mis piernas las que me lleven. Y mañana dicen de hacer otra ruta de no sé cuantos kilómetros. En silencio, elevo una plegaria al cielo. Que el diluvio universal caiga sobre nosotros y no podamos hacerla. Llegamos al coche. Y nos despatarramos en los asientos.

Damos por terminada nuestra visita al Valle de las Caderechas con el firme propósito de volver a mediados de abril o en mayo. Entonces sí que tiene que ser todo un espectáculo ver los cerezos en flor y recorrer estos pueblecitos!!.

Mariarka

Mi profesión. Profesora vocacional. Mi trabajo (cuando lo tengo). Formadora de cursos de informática. Y en los ratos libres, devoradora de libros, fotógrafa de recuerdos y vistas, organizadora de eventos familiares, incondicional de las reuniones con amigos y aficionada a descubrir nuevos rincones y lugares, cercanos y lejanos.